Ascender

En el Diario la Verdad de Ayacucho se publicó el resultado del XXXVII concurso de la Asociación Impulso de las Bellas Artes, cuyo primer premio, en la sección cuentos, recayó en ASCENDER,  de mi autoría.


Ascender




Estiraba mi brazo para aferrarme al trozo de roca saliente. Bien parado sobre mis piernas, tomé el enganche y con un preciso envión logré subir un poco más. Más tranquilo, de pie y apoyado sobre mi espalda, en este punto de descanso, pude mirar hacia el valle. No había logrado una gran altura, de modo que restaba un buen trecho para llegar a la cima. Aproveché para respirar ese aire puro con aroma a flores silvestres que crecían junto a los líquenes entre las hendiduras de las rocas. En el cielo planeaban sendos aguiluchos al acecho de su presa. Recordé la última vez que había escalado esta sierra. No era muy alta, aunque encararla por el lado norte resultaba un arduo trabajo por sus paredes verticales y escarpadas. Lo hice solo, a partir del mediodía, en un tarde que arrancó nublada y finalizó con un tórrido sol que logró deshidratarme. En esa tarde sólo pensaba en la cima: sólo llegar. Llegar y escribir mi nombre en la libreta negra guardada en la pequeña caja de lata escondida en la cumbre. Después de varias horas, recibí el premio del ascenso: respirar el aire puro, sentirme libre y expresarlo en un constante girar sobre mi cuerpo con los brazos extendidos dominando todo el valle y gritando con todas mis fuerzas.
Esta vez, mi preocupación era otra. No tanto llegar. Me preocupaba ascender. Ver si todavía era capaz. Ya no me importaba el premio. Lo había disfrutado en la anterior oportunidad. Mi pequeño mundo, en situación de catástrofe, no tenía otra preocupación que la de subir. Esa era la decisión. No la de llegar. Eché otra vez un vistazo hacia abajo. Bastante lejana y junto a un alambrado se encontraba mi camioneta. Todavía no sabía por qué, en medio de mis problemas, se me ocurrió escaparme de la ciudad para venir a escalar el cerro. Una mirada al valle. Luego, otra a la cumbre. Aún no podía divisarla. De acuerdo con mis cálculos y mi recuerdo, faltaba bastante todavía. No veía su pico, aunque imaginaba que se encontraba en la dirección por donde me dirigía. Por lo pronto, al frente estaba la escarpada pared, sobre la que quedaban marcadas mis gotas de transpiración cada vez que apoyaba la frente.
En el próximo descanso, seguramente podría observarla. Tomé un último sorbo de agua y enganché la cantimplora al cinturón; me calcé nuevamente la mochila, acomodé mi gorro de lana, froté las palmas de mis manos y reinicié el ascenso. Mi cuerpo se movía con la necesidad que las acciones requerían. Cuerpeaba una roca hacia la derecha mientras afirmaba cada una de mis piernas para estirarme y ganar, en cada paso, un poco más de altura. Bien calzado, no quería pisar los pajonales para evitar los resbalones. Miraba cada detalle de para encontrar donde apoyarme antes de lanzar el cuerpo hacia arriba. Pasos cortos y firmes aseguraban el ascenso. Sólo pensaba en subir. ¿La cima como premio? No me interesaba. Tampoco probar mis límites. Simplemente subir. Sobre mi espalda, una rara mochila de fracaso. La escalada, esta vez, tenía toda la forma de una fuga. ¿Qué premio? La dificultad de una roca saliente avivó mi adrenalina. Sólo tenía que posicionarme para alcanzarla. Con algo de riesgo en el salto, me permitiría alcanzar la base de esa gran roca. Con la espalda sobre la pared, puse mis dedos entre los huecos y con un paso largo, me encontré seguro sobre la saliente.
En ese momento, sonó mi celular. ¡Mierda! ¡Lo tendría que haber dejado en la camioneta! El esfuerzo por acomodar el cuerpo apoyando los muslos sobre un costado y una pierna sobre la pared, me hizo olvidar rápidamente la llamada. Subir, apoyarme, consolidar el paso, mirar por donde seguir, aferrarme a las rocas seguras, formaban la necesaria y precisa rutina para ascender sin sogas por la pared norte de la sierra. Unos metros más y otro descanso. Luego, un par de obstáculos. La vereda, suave aunque peligrosa, me dejaría en el umbral de la cima. Volví a concentrarme. Con la fuerza sola no ascendés. Tenés que concentrar tu energía mental y física en las manos, en las piernas y en la vista. ¡No se te ocurra sacudir la molesta pestaña sobre tus ojos! Una mano debe estar firme, mientras la otra se aferra o se apoya para ascender. Las piernas tensas tienen que seguir el ritmo de tus manos y de tu mente. Y de tu respiración.
Subir es concentrarse. Nada de distracciones. Ni el vuelo rapaz del aguilucho o los mil colores de las flores silvestres o el fascinante aroma azul del aire puro. Nada de pensar en otra cosa. Aunque resulte difícil. Tres días atrás había cortado abruptamente una relación. Mandé todo al diablo y salí solo con la camioneta. No soy un tipo de hacer esas cosas. Pero me cansé. Necesitaba respirar. Probablemente estuviera equivocado. Mi forma de tomar una decisión era poner a todo mi cuerpo en situación de esfuerzo. En esa hendidura podré poner mis dedos y apoyarme sobre aquella punta. Puede ser algo peligroso, pero lo lograré. Lo hice y seguí con el ascenso. Ese estribo me permitirá pivotear la pierna para mover el cuerpo hasta la esquina de la izquierda. De allí, en tres pasos estaría sobre la vereda.
Nuevamente el celular. El ruido característico de un mensaje entrante. Ya no lo escuchaba. No tenía manos para curiosear quien fuera el que, en esta tarde, deseaba comunicarse conmigo, aunque lo imaginaba. No hice ningún esfuerzo por responder. Sólo que no pude. No, en este momento. ¡Mierda! Dije en el mismo instante en que por asir la saliente me golpeé los dedos al levantar la mano. ¡Me los raspé, carajo! ¡Que aguanten! Vi aparecer unas líneas de sangre cuando mi adrenalina estaba a punto. Intenté despreocuparme. Concentrado en subir, deseaba completar la pequeña pared. Las gotas de transpiración corrían por mi frente y caían junto a las comisuras de mis labios. Hice el gesto de pasarme la mano por la cara, pero no podía aflojar la tensión de mis brazos y mi cuerpo apoyado sólo sobre una pierna. Estirando mis deseos logré hacer una palanca y con la fuerza de mi pecho apoyado sobre las piedras, logré sobrepasar la vertical de la pared y volcarme en el pequeño veredón.
Recostado de espalda, volví a escuchar el ingreso de otro mensaje. Mi mente estaba agotada. Sólo miraba hacia el cielo. Una pequeña brisa sureña dejaba al descubierto el cielo de un azul intenso. Ni una nube. El sonido agitado de mi respiración era la única señal de vida en aquel punto de la sierra.
Casi a punto de culminar el ascenso me encontraba haciendo un pequeño descanso. Mi porfiada costumbre de acelerar mi cuerpo al máximo para tomar una decisión me había llevado nuevamente a este lugar. La última vez que subí por estas paredes lo hice pensando en un punto importante de mi vida, pensando si me casaba o no. En la cima grité mi propio sí. ¿Y ahora? No deseaba contestarme. Me senté un momento en el veredón con la espalda sobre la pared, la mochila entre mis piernas y la cantimplora en mi mano y volví a mirar hacia el valle. Allá lejos estaba mi camioneta roja. Se la veía muy pequeña. El veredón de casi un metro de ancho, coronaba con una mediana pared la cumbre del cerro. Siguiéndolo a lo largo de ochenta metros, demoraría pocos minutos para llegar.
Acurrucado con el mentón en mis rodillas, me preguntaba qué es lo que debía hacer. No sentía nada. Ni el oxígeno en mis pulmones que ya respiraban con serenidad, ni el rostro quemado por el sol de la tarde, ni las manos hirviendo por el esfuerzo realizado. Ni la sangre seca de mis dedos arañados. No sentía nada. Sólo me preguntaba si el aire puro sería el perfume para llenar el vacío de mi interior.
Luego de unos minutos me puse de pie. Tomé un sorbo de agua y apuré el paso por la vereda. Al final trepé la pared con fuerza, casi con apuro. Unos pasos de ascenso por una pequeña hendidura me dejaría en la cumbre del cerro.
En la cima, busqué en mi mochila un par de tabletas de cereales o algún trozo de chocolate. Mis manos se encontraron con el celular. Recordé las llamadas. Observé la pantalla: “Una llamada perdida. Dos mensajes pendientes”. Pulsé la tecla para leerlos.
Con una sonrisa lo devolví a su lugar y con la voz más fuerte, grité a los cuatro vientos. Mis ojos profundamente abiertos ante el paisaje hicieron que girara con mis brazos totalmente extendidos, intentando apropiarme de toda la energía que el universo en ese punto me ofrecía. El cielo me punzaba la piel con el azul frío del silbante viento sur. Con el eco del último grito supe que mi decisión estaba tomada.
Entonces, inicié el descenso. Luego de varios minutos advertí que no había firmado la libreta negra de los que llegan a la cumbre. Tampoco quise volver.
El ascenso a mi decisión estaba concluido. –





1 º Premio. Cuento Corto del  XXXVI Concurso Literario Nacional “Ayacucho 2015” Agrupación Impulso de las Bellas Artes (AIBA) 52º Aniversario.