Otros cuentos: también breves...

El puente de las hojas de roble



Era la última hoja que quedaba cuando ya había transcurrido el otoño. Fernando, sentado en el banco de la plaza, con un libro sobre sus piernas, la miraba. Hechizado. Las ramas se mecían desnudas con el suave viento de la tarde. En ese vaivén, la juntaría del suelo cuando ella comenzara el vuelo de su caída. De color ladrillo rojizo, con sus venas profundamente marcadas, en las que ya no corría savia alguna, tenía su destino de perfección en caer y secarse. Antes de que sucediera, Fernando se animó a cortarla y, con suavidad, la colocó dentro de su libro.
En el día de su cumpleaños, Liliana atendió la puerta y recibió del cartero un pequeño sobre en el que figuraba su nombre. Firmó el remito y buscó conocer ávidamente el contenido. Era un libro. De título insulso. Le prestó más atención a la hoja de roble que había en él. Buscó en las primeras páginas algún detalle. Ningún dato. Tampoco en el sobre. Sólo su nombre. Pensó quien podría ser su admirador del regalo. No pudo conocer su remitente. Tampoco quiso imaginarlo.
Pasaron muchos otoños y al principio del invierno, como todos los inviernos de los últimos años, Liliana abrió la puerta de su casa y atendió al cartero. El mismo sobre, distintos libros y la hoja de roble. De color ladrillo, perfecta, con sus venas marcadas de savia inconclusa.
Durante los otoños transcurridos, su madre le preguntó quién era el que le enviaba semejante presente. También se lo preguntaron muchas veces su esposo y sus hijos. A todos les dio la misma respuesta. Por lo original no resultaba creíble y, entonces, todos callaron.
El tiempo se llevó a su madre y a su esposo. La vida llevó a sus hijos por los caminos de la vida. Liliana se quedó sola. En la rutina de su soledad, de madre que cumplió con su destino, de no esperar más que lo que la vida le daba, comenzó por ordenar sus pensamientos y sus cosas. Con delicada prolijidad pegó sobre un cuadro, cada una de las hojas de roble que había en una caja de libros, en la que desde los veintiún años contabilizaba en forma ininterrumpida la llegada de la hoja de roble. La forma de semicírculo se parecía a un clásico puente romano, como el Milvio, que había conocido en sus rutinarios paseos por Italia.
Cuando llegó el turno de ordenar los libros de su infancia, se encontró con una sorpresa. A partir de ese momento, debió ordenar sus sentimientos. Un libro de cuentos, dedicado por uno de sus compañeros, contenía una hoja de roble. La última del otoño, decía junto a una firma: Fernando. Fue cuando cumplió diez años.
En su mente comenzó a buscar los datos que le permitieran confirmar una sospecha. En muchos otoños, era la primera vez que su corazón adquiría un ritmo distinto y su imaginación salió a volar.
Fernando debía vivir donde siempre. Lo buscaría y le preguntaría las razones de su fidelidad en cuanto al infaltable envío de las hojas de roble durante todos estos años.
Una tarde se acercó al viejo barrio de su infancia. Llegó hasta la plaza y la recorrió de punta a punta. El silencio de la siesta le permitió observar con tranquilidad aquel conocido paisaje. La calesita en una esquina, con su toldo multicolor, cubriendo los frenéticos caballos y los indomables automóviles de su niñez. En la otra punta, la cancha de bochas. En el centro, la pérgola con las rejas españolas totalmente oxidadas. Y al lado, el roble. Fuerte, grandioso y con una sola hoja que sobrevivía al otoño. De ladrillo rojizo, sus nervaduras perfectas, casi a la mano. Meciéndose hasta el esperado tiempo de la caída. La tomó y la guardó en la libreta de su cartera.
En su cumpleaños, por primera vez, el cartero no llegó. Tampoco lo esperó porque sabía que no concurriría. En realidad sí, pero a la casa de Fernando. Cuando salió a la puerta para recibir el envío, el fastidio por no haber conseguido la última hoja del roble, transformó su rostro. Ávidamente lo abrió. Dentro, un libro y allí estaba. Buscó en las páginas algún dato que sabía que no encontraría. El título del libro “El puente Milvio” hizo que tomara el teléfono y la llamara.

22/09/2010


La lágrima pintada
 - ¿Estás ahí? – preguntó con un hilo de voz. Su nieto le tomó la mano. Acostado en la cama tenía ambos brazos sobre su pecho. Su cuerpo corpulento obstaculizaba su respiración, de ritmo lento aunque acompasado. Los ojos, apenas entreabiertos, buscaban cerciorarse de la presencia de su nieto. Al sentir su mano le tranquilizó.
Permaneció toda la tarde junto a él. De a ratos escuchaba la misma pregunta. Lucas tomaba su mano y la respiración se tranquilizaba. Con los codos sobre la cama y los dedos cruzados, apoyaba sobre sus manos la barbilla y mantenía los ojos sobre el rostro sereno del abuelo. Un débil soplido denunciaba un cuerpo cansado y casi exánime. El aliento imperceptible se veía en el movimiento de su pecho. Aprovechó su acompañamiento para recorrer, a través de los pequeños y semiabiertos ojos de su abuelo, todos los momentos de su vida. De niño. De joven. Ahora. Fue un padre para él. Momentos más tarde, Lucas se levantó, le apretó fuertemente la mano y le dio un beso en la frente. Luego, se retiró de la habitación.
- Ma, el abuelo se está yendo. Si pasa algo, sólo un mensaje al celular. No me llames. Estaré trabajando -. Saludó a su madre, tomó su bolso y se dirigió al teatro.
Mientras conducía, pensaba en la posibilidad de cancelar su actuación. Tenía miedo de quebrarse. Las entradas vendidas, la expectativa creada, el momento importante en su carrera comenzaron a desfilar por su mente, al igual que las imágenes de su abuelo con quien vivió gran parte de su vida. Lamentaba no despedirse. Aunque le dolía más no volver a tomar esa mano cálida y callosa.
Llegó al teatro y se dirigió al camarín. Saludó, a quienes se cruzaron, con su natural austeridad y una forzada sonrisa. Realizó rápidamente la rutina de concentración. Su asistente, conociendo el drama interno, le ayudó a ponerse la ropa y lo maquilló en silencio.
Luego, el llamado al escenario, las luces multicolores, las canciones, los aplausos y la alegría de los niños. La euforia creía en sí mismo. Hacia el final sintió, entre sus ropas, la vibración del celular. Todo había acabado. Temió no poder concluir la canción y se concentró en la imagen del abuelo con los ojos cerrados. Los últimos compases emergieron en forma sublime. El público comenzó a aplaudir de pie. Los niños sumaban sus gritos a una verdadera apoteosis. Los diarios del día siguiente saludarían la consagración de una nueva estrella. Mientras que en el teatro todo era ruido y alegría, en su interior, un silencio total. Los aplausos se aceleraron y los niños comenzaron a vivar su nombre con fuerza:
- ¡Querubín! ¡Querubín! -.
Tenía temor de no poder continuar. No repetiría ninguna de las canciones, aunque tampoco lograba elegir alguna para cantarla sin quebrarse. Rápidamente le pidió a su asistente que el iluminador concentrara la luz sobre su persona. El teatro totalmente a oscuras hizo silencio esperando el regalo final de Lucas “Querubín”. El círculo luminoso hizo converger toda la mirada del público. Una música suave acompañaba sus movimientos. Con la solemnidad del rito tomó la lágrima roja debajo de sus ojos y, se la ofreció a su público.
Nuevamente el aplauso cerrado. Hizo una inclinación con su cuerpo y se retiró del escenario. Ya no escuchaba. En el camarín dejó la galera dorada sobre la mesa, se quitó la nariz roja y la peluca de la gran frente lustrosa con los bucles blancos a los costados. Limpió el maquillaje del rostro enharinado y de la sonrisa gigante. Mientras se quitaba el traje de seda multicolor, recibía de su asistente una toalla humedecida con agua tibia con la que se cubrió el rostro. Un fuerte espasmo sacudió su cuerpo. Entonces, lloró.



El cielo prohibido

Una multitud de coloridos barriletes flotaban en el aire. Decenas de piolines mezclaban las piruetas variopintas con las sonrisas y el griterío de los niños. En su afán de mantenerlos en vuelo corrían desordenadamente sobre la playa soltando metros de cordel para que sus propias cometas escalaran cada una de las nubes para llegar al cielo. La maestra les ayudaba a remontarlos, al igual que les daba una mano para que se levantaran del suelo a quienes tropezaban en su intento de mantener firmemente el barrilete con la vista siempre hacia lo alto.


Sólo Adolfito lloraba. Luego de un giro zigzagueante su cometa, con el hilo cortado, terminó en la espuma de la playa. Con lastimoso desconsuelo le indicaba a la maestra que había sido a propósito. Y miraba, con enfado y con el hilo cortado entre sus dedos, cómo la estrella multicolor jugaba en el cielo con la cometa verde, con el octógono blanco y rojo, con la palomita azul, con la caja de rombos ocres y amarillos o con el avioncito de telgopor. Sólo su pequeña cometa, con recortes de color negro pegados al azar y una cola de trapos atados no logró levantar el vuelo.


Más tarde, con los barriletes enredados y los hilos sin ovillar, volvieron al aula exultantes de alegría por una mañana maravillosa. Entonces, la maestra les dijo:

- ¡Fue muy lindo el espectáculo de los barriletes! Sólo un tema no me gustó. Alguien le cortó el hilo a Adolfito. No me importa quién fue. No debe suceder más – lo dijo con voz serena y con mirada seria.
- Mi papá dice que los negros no van al cielo – se escuchó a uno de los niños del fondo.
- No – replicó rápidamente la maestra – todos van al cielo. ¡Todos los colores llegan hasta el cielo!
Al día siguiente, por la mañana, la maestra advirtió que Adolfito no había venido a la escuela. Esperó un tiempo. Luego, interrogó a los alumnos si tenían alguna noticia. Nadie sabía nada.
Más tarde, en forma intuitiva y con la angustia en su alma, caminó hacia la playa. La espuma comenzó a besar sus zapatillas mientras su mirada escudriñaba primero hacia el sur, luego hacia el norte, buscando encontrarlo en aquella mañana soleada y fría. Durante largo tiempo caminó sin rumbo gritando su nombre. La fuerza de su voz se perdía ante el bramido del mar. De a ratos, sólo el silencio respondía a su doliente pregunta. Cuando un brumoso nubarrón cubrió el sol y una leve penumbra atenuó la luminosidad del horizonte, lo vio. Corrió desesperadamente.
Junto a él, la cometa negra de la cola enredada, se mecía con las primeras olas que besaban la suave arena de la playa.

14/10/2009





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